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Soñar no cuesta nada


Miss Tacuarembó, un musical con ritmo pop inquieto, nostálgico, colorido, irreverente y muy bien logrado que llega desde Uruguay.



Por Martín Artigas

Natalia (Sofía Silvera) sueña con ser como Cristal, esa modelo bella, altiva y exitosa que componía Jeannete Rodríguez a mediados de los '80. Natalia, también, es la niña que baila la coreografía de Flashdance junto a su amigo inseparable, Carlos (Mateo Capo), y le promete cosas complicadas: "Algún día el mundo será nuestro", dice con los pies firmes sobre la tierra.

Natalia es distinta, ella lo sabe y lo confirma cada vez que se encuentra sentada en la plaza de entrada de su pueblo, como esperando que nada suceda. O, en el mejor de los casos, que pase el auto de la misteriosa mujer, esa que tampoco parece "no pertenecer". Y fue, precisamente, en una de esas tardes de aburrimiento en que Natalia supo que convertirse en Miss Tacuarembó sería la llave hacia sus sueños, el escape hacia un destino que ya estaba marcado y al que ella sólo debía darle un "empujoncito" para hacerlo realidad.

Pero no. La vida puede ser cruel cuando quiere, y poco a poco una ya adulta Natalia -o Cristal, como prefiere que la llamen- va perdiendo sus esperanzas. Poco queda de la niña que quería salir a comerse el mundo: ahora, ya en la gran ciudad, se siente obsoleta, perdedora y patética, trabajando en un decadente parque de diversiones de temática bíblica. Hasta que un día, su pasado -con todo lo bueno y lo malo que convivió en él-, vuelve a buscarla para darle una nueva oportunidad. Y devolverle esa fé que parecía definitivamente extraviada, arrojada en un inodoro.

Basado en una novela de Dani Umpi, la historia que cuenta Miss Tacuarembó llegó a manos de Natalia Oreiro varios años atrás, durante un homenaje que un grupo de artistas uruguayos le organizó en el Centro Cultural Recoleta con motivo de su cumpleaños. El encargado de entregarle el manuscrito fue Martín Sastre, quien le anticipó que algún día la dirigiría en ese papel. Ella, sorprendida, guardó el guión en su bolso y lo condenó al olvido. Hasta que en 2005, buscando libros para llevarse a un viaje a Rusia, vio la novela, la compró, la leyó y se enamoró.

¿Y quién más que Oreiro para interpretar a Natalia? Fresca, angelada y casi como contando su propia historia, Oreiro canta, baila y deja en claro por qué la cámara la ama. Y ahí está también Diego Reinhold para ponerse en la piel de un Carlos adulto, casi un "Pepe Grillo" para la mujer que parece desteñirse por no haber tenido la suerte o la fuerza suficiente para cumplir con aquella promesa infantil. También Mike Amigorena, interpretando a un Cristo provocador y canchero que ilumina uno de los momentos más altos del musical. Y Mónica Villa y Mirella Pascual como las madres atormentadas por una catequista despiadada y manipuladora que a la perfección compone, casi como en un desafío de antagonismos, una irreconocible Oreiro.

Repleta de iconografía ochentosa, la película juega con la nostalgia pero no se duerme en el recuerdo. Porque también hay sueños que cumplir, mirandescas canciones de Ale Sergi para perfumar con aires pop al presente, toques que Sastre tomó prestado del más exquisito cine independiente estadounidense y guiños a la atemporal estética almodovariana con Rossy de Palma incluida.

Casi como una metáfora de sí misma, Miss Tacuarembó arriesga por lo que cree. Se atreve, se burla, se rie, entretiene y emociona. Y eso, en los tiempos que corren, no es poca cosa.
 

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