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Sexo, mentiras y neurosis

Divertida, ácida, kitsch y provocativa, Las hermanas L cuenta una historia conocida por todos... pero distinta. Y lo hace bien.


Por Pablo Lancone

Las hermanas Legran, Eva (Silvina Acosta) y Sofía (Florencia Braier), están enemistadas hace años. Sus vidas transcurren lejos una de la otra, hasta que el regreso al país de una -de la que muy poco sabemos- vuelve a despertar viejos rencores en la otra -profesora de inglés, amante incansable-,y a romper la armonía aparente que sobrevuela su cotidianeidad.

Sin tener lugar para vivir y con todas sus pertenencias a cuestas, Sofía se instala en el departamento de Eva sin preguntar. Y, muy pronto empezará a sentir cierta atracción por su cuñado (Esteban Meloni), casi al mismo tiempo que su hermana se descubrirá incapaz de ignorar el despertar sexual de Bruno (Elias Viñoles), un alumno con pocas ganas de estudiar pero muchas de aprender.

Esta libre lectura argenta de la obra de Tennessee Williams, Un tranvía llamado deseo, se presenta como una comedia "psicosexual" y "multiorgásmica". Y algo de eso hay. Divertida y desfachatada, su historia nos remite de inmediato a las primeras películas de Pedro Almódovar, esas que hacía en los años de ácida reformulación del alicaído "destape español". Porque en Las hermanas L hay sexo, pero también neurosis, hombres bien dispuestos y mujeres siempre al borde.

Tal como lo hicieron en 2007 con Upa! Una película argentina, Santiago Giralt y Eva Bär eligen no ponerse serios. Y para su nueva andanza convocaron a otros dos directores (Alejandro Montiel y Diego Schiapini), y en cuarteto le dieron vida a una historia de esas que el cine argentino no está acostumbrado a ver, con resabios de la picaresca nacional y un constante clima erótico que se sostiene sin jamás volverse burdo. Porque, pese a las numerosas advertencias y/o promesas de "escenas de alto voltaje erótico y emocional", lo cierto es que nadie va, a esta altura de los acontecimientos, a levantarse de su butaca inflado de indignación por ver ultrajada su moralidad. Tampoco, claro, a sonrojarse ni a incomodarse ante una insinuada masturbación múltiple o un grotesco coito accidentado.

Las hermanas L se plantea interesante desde el vamos, con una estética que roza lo kitsch, un relato sencillo pero con giros que lo enriquecen, correctísimas actuaciones en los roles principales y algunas joyitas en los secundarios. Frescas y graciosas, Acosta y Braier mantienen la tensión justa que sus personajes requieren, y son muy bien acompañas por Meloni y Viñoles. Entre lo destacado, vale subrayar la vuelta a la pantalla grande de Soledad Silveyra, componiendo a una hilarante escritora fotofóbica y asfixiante que nos hace preguntarnos porqué la actriz no visita más seguido un género al que parece tener tanto para darle. Daniel Fanego también tiene lo suyo, interpretando a un despreocupado profesor de teatro kabuki, y Willy Lemos le pone el cuerpo a una diva argentina en retirada, madre de las hermanas y encerrada en un laberinto tan brillante como vacío.

La perlita: esta comedia -que fue presentada en el Festival de Cine de Mar del Plata de 2008-, originalmente iba a llamarse Las hermanas Legrand, pero la diva de los almuerzos se opuso rotundamente a prestar su apellido artístico tras interiorizarse del provocativo contenido del guión. A no perdérsela.

 

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