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Esos a los que nadie ve


Un grupo de marginales busca su lugar en un mundo devastado en el nuevo film de Luis Ortega.




Por Mariano D'Andrea


Una pareja de hombres, un niño enano, un negro gigante, un sordomudo y una mujer que grita como si fuera un mono y anda a los tumbos en busca de amor. Estos mismos personajes, ubicados en el Parque Japonés de mediados del siglo pasado, podrían haber sido protagonistas de otra película; una muy cercana al universo de Leonardo Favio. Pero no. Porque resulta que los seis son sobrevivientes de una guerra que todo ha devastado. Y nadie se ha tomado el trabajo ni de salvarlos ni de asesinarlos. Y allí andan, por un pueblo en ruinas, agazapados, juntos por momentos, solos en otros, intentando darle sentido a lo que les queda por vivir.

En Los santos sucios, su tercera película, Luis Ortega también ha elegido orillar los márgenes. La elección de las características de los personajes es, entonces, para nada casual. Como tampoco es casual que estos seres anden escapándole a soldados que, muchas veces, ni siquiera reparan en ellos.

Poco puede saberse del pasado de estos hombres antes de la guerra. Y acaso tampoco importe demasiado. Lo que sí importa es como, a pesar de las condiciones adversas, apuestan a comenzar de nuevo. Para hacerlo, deben llegar hasta el río y cruzarlo pero la tarea no es nada sencilla y, además, nada les garantiza que del otro lado la vida sea mejor.

Ortega ya había demostrado en Caja Negra y Monobloc ser un gran creador de climas y universos. En aquellos casos, cuatro paredes servían de marco a la opresión que sentían los personajes mientras que los espacios externos (como la calle, un deteriorado parque de diversiones o la terraza de un edificio deshabitado) simbolizaban todo aquello que los protagonistas podían abarcar. Aquí el desafío fue transpolar el clima de agobio y desolación a todo un pueblo que, sin estar totalmente en ruinas, se revelara tan propio como inhóspito para cada uno de los personajes; algo que logra sin demasiados inconvenientes gracias a la excelente fotografía y a la acertada elección de las locaciones.

Pero así como los aciertos son casi calcados de los de sus films anteriores, lo mismo ocurre con los puntos débiles. Algunos diálogos son demasiado grandilocuentes y le quitan fluidez a la historia. Las actuaciones son correctas, pero la diferencia entre el tono discordante elegido por Alejandro Urdapilleta también atenta contra el clima general del relato. Por momentos, Urdapilleta grita, gesticula de más y se mueve frenéticamente aún cuando ni el personaje ni la historia lo ameriten. El mismo Ortega le imprime a Cielo la impronta de un señorito aniñado, celoso y algo posesivo, quizá demasiado urbanizado si se tiene en cuenta que creció en un pueblo devastado. Martina Juncadella, en tanto, logra por momentos ponerle el cuerpo a una chica que se debate entre la agresividad de un animal, la fragilidad de una niña y el poderío que le brinda ser la única mujer sobreviviente.

Ya en Caja Negra Ortega había encontrado a dos de los protagonistas recorriendo las calles de Buenos Aires. Con tres de los intérpretes de Los santos sucios el encuentro se dio de la misma manera. Y tal vez por esa extraña paradoja de ser "personajes" además de intérpretes, es que el cantante Emir Seguel, Ruben Albarracin K.J y Brian Buley son los que mejor se mueven en el mundo propuesto por Ortega. Albarracin K.J. (doblado por el actor Oscar Alegre) con su cuerpo larguísimo y delgado, sus movimientos suaves aporta una cuota de misterio y aplomo. Miguel, en tanto, logra con gestos tenues y miradas que se adivine el rico mundo interno del Mudo. Pero el pequeño Buley es, sin dudas, la revelación del film. Su aparición es la más tardía, pero su irrupción en escena vuelve a la película más humana.

 

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