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Crítica: "El estudiante"

Una lectura sobre el filme de Santiago Mitre, una revelación del "cine indie" que se detiene en el rol de la universidad como espacio político primario.       



Por Silvina Herrera
 

El pasaje del pueblo a la ciudad es ir del llano a un poco más, un salto sin red que cubre el subsuelo, una jugada brutal, un giro y la apuesta, sobre todo la apuesta. Hay algo que hacer, algo distinto, para decir que valió el sentido, una alternativa dada al espacio abandonado, porque lo que somos está marcado también por el lugar alrededor, el cambio es obligado y Roque Espinosa, el joven protagonista de la película, deja su hábitat para empezar otra vida.

El estudiante es la historia de esa transformación, ni el punto previo ni el posterior, es el relato de la transición, el descontento del cambio y el proceso de volverse otro. Los factores externos que golpean al personaje son varios, tal vez los mismos de siempre, el amor, la formación, la ambición, todos contados desde el inicio, ese momento despojado, la mente lisa, sin grandes recuerdos ni dolores serios, esperando que las cosas pasen por primera vez y se instalen para siempre, ese siempre que es el resto de vida que nos queda.

Cuando Roque llega al espacio de novedad las cosas pasan por primera vez y todas juntas, como si hubieran estado suspendidas en el aire, esperando que el viento sople. Se anota en la facultad, se busca una novia, dos, tres, una casa, un referente y una militancia, que es el punto de partida para desarrollar la trama, los conflictos narrativos y de los otros, porque, hay que decirlo, sin muchas vueltas, El estudiante es básicamente una película con problemas. Se sostiene en un discurso poco creíble a través de diálogos forzados y parodiados, en un palabrerío llevado más allá del verosímil soportable, se construye a través de un personaje borroneado y borroso por el peso de tener que transmitir las críticas a la militancia política de la mirada que se adivina detrás de cámaras, que no puede evitar juzgar su creación, sin darle libertad a su personaje, ponerlo contra la pared, no darle oxígeno, ahogarlo contra la subjetividad que no revela una certeza, un respiro, un estigma de verdad. Santiago Mitre, el director, ensaya a través de Roque la deformación latente de un murmullo herido, la cadena de nombres ajenos rota por la mitad, el querer decir una identidad cuando no hay factores allá para pararse, porque las palabras aparecen como un chiste quieto de la socio lingüística, la que se hace con morfología desgastada construida con letras muertas y mapas arrancados de un cartel sin límites.

La de Roque no es la historia de un joven idealista, no, los ideales son una antigüedad, una pantomima pervertida, tan mersa como la propia humanidad, la de Roque es la historia de un joven que busca conquistar el mundo de los otros, sobresalir en la mediocridad del estudiantado cuestionador, repetitivo, adormecido, un joven que busca inteligencia y busca ideas fascinantes durmiendo en la pared, admiración de egos chocando, cruzados entre sábanas sin colores, en una cama de resortes tensos como los miedos. Lejos de encontrarse, buscando la lejanía, extraviados en la dimensión de yo, de yo más yo y muchos yos, un espejo de sí mismo en multiplicidad hacia arriba. El nombre propio se dirige hacia lo alto, el resto hacia lo bajo, como una soga que da vueltas debajo del piso, hacía abajo, bien abajo, cada vez más abajo, porque para arriba sólo queda el aire quemado por el tiempo, torcido de obsecuencia. El estudiante se detiene en la basura acumulada, que no está a la vista, en los restos de inmundicia, de codicia, en un lenguaje de realismo quebrado por los estereotipos, ese modo de ver la animalada común como una desviación de la estructura social. Lo que falla no es la crítica, que se agradece siempre, lo que falla es la repetición de las creencias aprehendidas que decían que comprometerse era hasta una maldad, era la propia corrupción estructural. La película presume y promete, pero no llega a mostrar qué es lo que hay del otro lado de la obediencia de Roque, cómo es ese lugar donde no hay que responder mandas absortas de ridiculez llevada más allá, nada que deber, sólo que hacer, que ser, que intentar ver cómo es la furia en la oscuridad.

Roque vive en un charco de sumisiones indefinidas, en el apego a imitar, a pensar con las ideas de otro porque ya están probadas y aprobadas, a decir con las palabras de otro que ya están dichas y repetidas, a callar lo que calla el otro porque más difícil es gritar, gritar en silencio pero en la cara, bien en la cara, porque no hace falta levantar la voz para gritar.

Hay sobre todo dos escenas que muestran el sinsentido, el trazo de marcador que le hace una cruz negra a la realidad, la de los pasillos de la facultad de la UBA o de cualquier universidad estatal o imaginaria y no importa que no pase de verdad, lo que importa es que no puede pasar, porque los diálogos están mentidos, unidos a una idea prefijada, antes lo que se quería decir que lo que se dice, la ilusión de verosimilitud está manchada de determinación previa, de frases hechas para una tribuna intelectualmente correcta que la espera en su horizonte de posibilidad.

Una de las escenas se desarrolla en un aula de la facultad, un aula como cualquiera, medio derruida, con afiches colgando en las paredes y un pizarrón verde desgastado por el uso. Un profesor y un alumno rebelde, muyyyy rebelde, discuten y discuten hasta que la cosa se pone violenta y los tienen que separar. El alumno lanza sin distenderse frases cómicas de ultra corrección política de izquierda, una caricatura llevada al extremo del discurso asimilado por cientos de estudiantes que pululan por la facultad. Al frente de la clase está el profesor, representado física y discursivamente con una seriedad perfecta, pasmosa, pasada, mucha p de pacato y saquito celeste escote en v. Que la unión latinoamericana, que la bajada imperialista, que la enseñanza de la mentira y un discurso tan ampuloso que la parodia se les escapó de las manos hasta cruzar la línea y pasar al otro lado. Hay que medir la parodia para no desbarrancar, saber pararla a tiempo, porque si no el problema sigue siendo el mismo, la credibilidad.

La otra escena sucede en una terraza, de noche, cielo estrellado, sin viento, sin fenómenos meteorológicos que puedan incomodar, degenerar el foco puesto en los estudiantes que militan, o militantes que estudian. Con vasos de cerveza y de fernet en la mano que van y vienen, música de fiesta, divertida, de fondo y de repente la voz de uno de ellos que sin explicación se pone a recitar uno de los discursos más conocidos de Juan Domingo Perón, más conocidos y más trascendentes, cuando echó a los montoneros de la plaza. "Hoy resulta que algunos imberbes pretenden tener más mérito que los que durante veinte años lucharon", reproduce uno de los alumnos. En un intento de agudeza se trata de instalar un diálogo en la película con ese otro tiempo, porque tenía que estar, era necesario ese cruce temporal entre los momentos históricos, siglo 21, década de los 70, dos épocas en las que los jóvenes están comprometidos y tienen participación política, pero el sentido de fondo de ese diálogo entre las dos épocas queda abierto, flotando. Un diccionario de memorias fijas, de sílabas apagadas en renglones desfigurados de tanto decir lo mismo, siempre lo mismo, que ni los discursos del pasado se entienden, comprimidos para la época, alienados en el paredón, para recortar tanta figurita borrada.

Otro de los problemas de El estudiante es el uso de la voz en off, una estrategia narrativa que bien utilizada puede sumar, pero que si se abusa, si aparece para decir lo que el director no sabe cómo mostrar, como los sentimientos internos que atraviesa Roque o las internas partidarias de la facultad, si revela los misterios de los personajes se cae en la vulgaridad de querer explicarlo todo, para que no queden dudas cuando a veces la historia necesita la duda para atrapar, para dignificar, para construir una humanidad posible en vez de un recipiente con cosas adentro sin coherencia, amontonadas porque sí. La atmósfera densa que crea la película, con las calles de la ciudad enmarcando la crónica urbana, los pasillos de sombras de la facultad entrecruzados con los jardines de las casas repletos de luz y de verde sobraban para entender el mundo contradictorio que vive Roque y que forma parte de esa personalidad que se intenta construir.

Lo que el film pierde en las palabras sobredimensionadas lo gana en las imágenes medidas, expresivas, sutiles y justas, porque se ubican en el momento preciso y están colocadas con justicia en relación a la historia. Son pasajes bien logrados construidos con picardía sutil que reproducen encuentros familiares cotidianos, en los que el espectador se siente representado para generar una especie de empatía. Es cuando la película se relaja, deja los diálogos forzados, preconfigurados y se abandona a la naturalidad. Paula, el estudiante, su profesor y su padre, juntos, en un restaurante cualquiera, se ríen, cuentan anécdotas, se emborrachan, hablan de la vida y repasan sus historias personales y la propia historia del país en ese lugar donde se cruzan y se vuelven la misma historia. El tiempo rememorado es de nuevo los ’70, la vuelta de Perón, la multitud que detuvo sus vidas para ir a recibirlo y el trágico desenlace, en un tono de ingenio cómico, que se cierra cuando salen del bar y terminan abrazados en el medio de la calle donde ya sólo queda la disolución, sin luces agrias alrededor, queda un ritmo de comicidad trágica, el patetismo de saber que sus vidas siguen la misma línea de sin sentido y que las cosas siguen siendo iguales, tan iguales que creen que tal vez lo más coherente sea olvidar.

El estudiante es el primer largometraje de Santiago Mitre, aunque ya había codirigido El Amor (primera parte) junto a Alejandro Fadel, Martín Mauregui y Juan Schnitman, una película que fue capaz de tratar una cuestión tan universal y transitada, desde un acercamiento hecho de detalles y simplezas, hablando desde el grado cero del comienzo de todo. El Amor (primera parte) se asemeja a El estudiante en esa búsqueda de querer contar a través de hechos particulares los grandes temas de la vida de todos como el amor y la política. Pero la diferencia es el abismo entre la concreción y el medio camino a lo posible, en El Amor... se construye, con imágenes y discurso en juego permanente, la hipótesis de que la convivencia y el enamoramiento son elaboraciones culturales y sociales de las que nos podemos permitir dudar, al menos como absoluto. Las películas de un director dialogan entre sí, están en movimiento, se hablan como en una continuidad de implicancia silenciosa pero vital, para entender, para no ceder a cortar el sentido y volver al principio. Al igual que una película se relaciona con los films anteriores del mismo director, también se vincula con los espectadores que la vieron en cada momento, con la llegada al público y la repercusión que tuvo. Recepción y reacción, uniendo la oscura meta de expectativas.

La película de Santiago Mitre cruzó esa barrera al generar un debate imparable, dichos y contradichos, sobre todo dichos, con tanta aceptación automática y críticas tan felices como exaltadas. Queriendo o no, el director logró crear una obra que sigue las reglas de una ideología colectiva de un sector de la sociedad que se vio irremediablemente identificada con esa visión del mundo que muestra la película, ese sector que  mira a la política como un cúmulo de frases gastadas, ideas patéticas y sueños frustrados, que se burla de los que todavía creen que la política es el modo de cambiar una estructura social injusta, la ven sólo como el medio egoísta de lograr beneficios personales. Podríamos ahora, acá mismo, plantar el desafío, sin solemnidad, y proponer volver a ver El estudiante dentro de diez, quince, veinte años en una sala como el Malba o la Lugones, cuando las corrientes políticas que hoy actúan sobre las certezas sean historia y la realidad esté de lleno modificada, fuera de contexto. Y ver qué pasa.

 

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