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Crítica: "Wakolda"


Un juego de deseo entre Joseph Mengele y una niña, en la tercera película de Lucía Puenzo.     



Por Martín Artigas

 

¿Cómo imaginar una historia protagonizada por uno de los personajes más perversos que ha conocido el siglo XX sin caer en lo obvio? Lucía Puenzo dice haberse preguntado eso cuando comenzó a escribir Wakolda y, evidentemente, consiguió dar con la respuesta.

Tal como sucedió en sus dos películas anteriores –XXY (2007) y El niño pez (2009)–, la escritora y directora encontró la llave para destrabar cualquier obstáculo en la mirada de una chica que se descubre ante un mundo que, de pronto, comienza también a ser suyo.  En este caso, la chica en cuestión es Lilith (Florencia Bado), una preadolescente de mirada profunda, sonrisa amplia y cuerpo menudo que acapara rápidamente la atención de un solitario alemán (Alex Brendemühl) en un inhóspito paraje patagónico. Ese primer contacto marca el inicio argumental  de la película.

El enigmático viajero resultará ser Joseph Mengele, el tristemente célebre médico nazi que, según el mito, habría vivido un tiempo en Bariloche con otra identidad. Tras ese mito fue Puenzo, y logró construir una historia con aires de thriller  y escasa intención de educar al espectador. Porque lo que importa en el relato es la manera en la que el perverso teje su tela de araña hasta atrapar a cada uno de los integrantes de una familia, y al mismo tiempo, como cada uno de esos seres resisten, niegan o caen rendidos, tal como lo hacen los insectos frente a la pegajosa trampa. Por eso, antes que el juicio o la construcción de un demoníaco villano, Wakolda prefiere la fábula del hombre común frente al miedo y los hilos que mueven su comportamiento. Es ahí, en la fábula, donde las corrientes del relato se abren; algunas consiguen desarrollarse más que otras, aunque en el resultado final lo que cuenta es que la tensión permanece intacta.

Más allá de la pericia con la que Puenzo construye su thriller de "gato y ratón", el relato encuentra sus pilares en la debutante Bado y el experimentado Brendemühl, cruzados objetos de deseo que funcionan a la perfección en la pantalla. Natalia Oreiro luce muy eficaz como Eva, la madre de ascendencia alemana que, afortunadamente, no necesitó de ningún doblaje para hacer creíble su personaje; lo mismo sucede con Elena Roger, que compone con ductilidad y encanto a Nora, la misteriosa bibliotecaria de un colegio. 

Con una magnífica fotografía, una muy buena recreación de época y el imponente paisaje cordilleano como fondo, Wakolda tiene todos los ingredientes para entretener y, al mismo tiempo, dejar al espectador pensando en cómo reaccionamos frente al horror, a veces mirándolo a los ojos pero casi siempre desviando la mirada hacia el costado.


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