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Arnaldo André



"Me debo al público como actor, no como persona"


Por Mariano D'Andrea


Ser él no debe ser fácil. Por cada paso que da, dos o tres personas se acercan a saludarlo. Él posa, charla, saluda. A todos les regala esa foto, ese autógrafo, esa sonrisa como si le sobraran, como si no le molestara ser un poco de todos. Al mismo tiempo, sabe cómo resguardar su intimidad y nunca desandó la distancia que lo mantiene alejadísimo del escándalo. Mucho tiempo antes de que Buenos Aires lo adoptara definitivamente y los porteños lo acosaran con su cariño, Arnaldo soñó otros destinos. Hollywood y aquella Roma del cine de Fellini podrían sido su lugar en el mundo si Alberto Migré y las telenovelas no se hubiesen cruzado en su camino. Pero aquí se quedó. Y su público no se cansa de agradecérselo con esos gestos que, lejos de molestarle, de alguna manera le llenan el espíritu.

"Me debo al público como actor, pero no como persona. Por eso, cuando bajo del escenario y salgo a la calle, me saco la ropa del personaje y me despojo de todo lo que tiene que ver con la profesión. Cuando termino de trabajar, quiero ser Arnaldo. Trato de separar muchísimo lo público de lo privado", explica, como si hiciera falta. Y asegura que muchas veces, en ciertos ámbitos privados en los que sigue siendo “el actor” y no Arnaldo muchos le recriminan ser parco.

- ¿Por qué cree que algunos pueden quedarse con esa imagen?
- Porque hasta mis emociones las cuido. Las dejo para lo privado. Vos dirás: “que tipo tan frío que debe ser este hombre, que puede manejar esas situaciones”. Y, si, tengo un control y hay ciertos momentos en los que no se puede, pero trato de que esas emociones mías afloren en la privacidad, con mis íntimos… Lo privado, lo que tiene que ver con las emociones, con la vida de uno, hasta con lo material de uno, siempre lo mantengo en la privacidad. Siempre lo he hecho así y no me ha ido mal porque siempre lo he hecho respetando al otro también.

- No debe ser nada fácil lograr esa división…
- No es que en mi casa lo manejo de una manera y cuando salgo lo hago de otra. Respeto mucho la privacidad de la gente y cuando estando en este medio, te hacen preguntas, mi respuesta es siempre negativa: 'No lo sé, no lo sé'. Un día me acuerdo que iba en un taxi a Canal 13, eran como las 8 de la mañana y el señor que conducía, de la nada me pregunta: '¿Es verdad que Carlos Balá está en la ruina'. Mi respuesta, obviamente fue que no sabía, que no tenía ni idea. Y la verdad es que no lo sabía, pero aún si lo supiera no se lo diría. Soy muy respetuoso de esas cosas.

-Es que mucha gente cree aquello de que el ambiente artístico es una gran familia en la que todos se conocen y son más o menos amigos...
-Muchos creen que vivimos adentro del televisor... Y que es como una coctelera, a la que agitan y les aparece el personaje que quieren.

- Usted dice que puede muchas veces resultar parco, pero muchos de los actores y actrices que han trabajado con usted lo señalan como a un gran compañero…
- Tengo el mejor recuerdo de todos mis compañeros y creo que es recíproco. Supongo que eso debe tener que ver con que perdí a mi papá cuando tenía 11 años. En ese momento mi familia perdió el sostén, el jefe de familia, y creo que de alguna manera empecé a preocuparme por los demás. Ya sea trabajando o encontrándome con la gente en la calle, trato de proteger, de que los demás estén bien. Yo estoy bien,tengo mucha paz interior, y no soy egoísta en ese aspecto, quiero poder transmitir esa paz a quienes me rodean, y la gente lo traduce en que soy un buen tipo. Eso es lo que debe ocurrir.

-¿Por qué eligió Buenos Aires? ¿Cómo lo trató la ciudad cuando llegó?
-Elegí Buenos Aires porque es un punto importante para quien quiera progresar, buscar nuevos horizontes. Argentina sigue siendo un país que te abre las puertas. Yo tenía parientes acá y eso nos daba cierta tranquilidad a mí y a mi mamá, a la que por supuesto no le agradó mucho que yo quisiera venir a trabajar como actor. La decisión, además, tenía que ver con que toda la información que yo recibía como joven amante del teatro provenía de medios argentinos. Y, por supuesto, yo veía todas las películas argentinas que llegaban a Asunción: Torre Nilsson, Tinayre, Demare… Soñaba con todo esto, y por eso decidí venirme acá para estudiar y empezar la carrera acá. Allá era más difícil.

-¿Su carrera, entonces, comenzó acá?
- No. Antes de venir hice un poco de todo en Paraguay… radionovelas, algunas obras. Pero en realidad mi idea era hacer una pequeña escala acá, hacer algún dinerito e irme a Hollywood. Después ante la grata y feliz presencia del cine italiano en Buenos Aires, allá por la década del 60, tenía ganas de trabajar allá.

-¿Llegó a intentarlo?
- Cuando terminé de hacer Pobre diabla, mi primera novela como protagonista, estaba promediando el éxito, ya veía algo de dinero y me acuerdo que me compré un pasaje para irme a Italia. Yo terminaba de grabar en diciembre y en enero me iba a Europa, sin un contacto ni nada, como hice acá. Llega septiembre, me llaman de Canal 13 y me dicen que me quieren renovar el contrato, que me iban a pagar más, que querían que haga otra novela con Soledad Silveyra… Me sedujo tanto la idea que fui y pedí la devolución. Y así fueron pasando los años y me fui quedando.

-De todos modos, muy mal no le fue…
- La competencia era muy fuerte, todos los canales tenían ficción y te llamaban para competir. Así me fueron renovando y nunca me fui, pero algún día iré. Intenté de todas maneras años después, estudié el idioma y vi que podía asimilarlo, pero que iba a necesitar un tiempo largo para poder hablarlo bien. Yo ya no era un pendejo y las tentaciones eran muchas para quedarse en Argentina. De todos modos, no fui a Hollywood, no fui a Europa pero la profesión me dio la posibilidad de trabajar en Venezuela, en Puerto Rico, en México, en Perú… Recorrí bastante.

-¿Es cierto que tiene pensado llevar su vida al cine?
- Si. El libro lo terminé de escribir hace seis o siete meses, hice un guión en colaboración con Gustavo Cabaña. La idea es recatar lo que significa la responsabilidad de un chico que tan joven debe mantener a su familia, que se construye a partir del estudio y del trabajo. Si uno puede dedicarle el tiempo completo al estudio, perfecto, pero si no se puede no hay que tomarlo como una excusa. El trabajo nunca debería ser una excusa para no formarse. Te lo digo porque yo vivía en un pueblo humilde donde no había muchas posibilidades de llevar el pan a casa y éramos muchos los que trabajábamos e íbamos a la escuela. Y coincide mi historia con que inauguramos la escuela secundaria en mi pueblo, que justo se estableció cuando yo terminaba la primaria. Y uno se enfrentaba a una situación en la que había que viajar, pagarse los estudios y demás. Entonces las autoridades locales trabajaron con el Ministerio de Educación y se constituye una escuela secundaria, que coincide con que todavía teníamos los pantalones cortos y el uniforme de la escuela nueva era con pantalones largos. Entonces, de alguna manera nos pusimos los pantalones largos y empezamos a mirar hacia el futuro.

- Además, cuenta su experiencia como cartero y la posibilidad de que muchas de las cartas que le tocó en suerte llevar hayan tenido como destinatarios a nazis que vivían de incógnito en su pueblo…
- Claro. Ese es el otro eje central. Cuento que mi función como cartero era de tres horas, y consistía en cebarle tereré al jefe de correos y distribuir las cinco o seis cartas que había que llevarles a los vecinos, que en su mayoría eran alemanes. Siempre me llamó la atención que eran amables pero nunca abrían mucho la puerta. Eso era todo un misterio a mis once años… Los chicos de esa edad estábamos en otra cosa: empezábamos a hablar de Stroessner, de Perón, del Partido Colorado, de Olimpia, pero nada más. La palabra nazi no existía para nosotros. Y cuando me vengo para acá, empiezo a leer, a ver películas y demás, a oír que Perón había acogido a muchos nazis, que Stroessner también lo hacía por interés, por su propia sangre y quizás también por su ideología. Y bueno, empecé a pensar a cuántas de esas personas a las que les habré entregado cartas eran nazis. Eso forma parte de la porción de ficción que yo elegí y otro aspecto que me sirvió para todo ello es que yo era buen alumno, y me dejaron ingresar en el último año a la escuela alemana. Ahí fui tomando contacto con un mundo totalmente diferente al de la escuela pública, compañeros con un poder adquisitivo muy alejado al mío. Y ahí aprovecho para incorporar esta cosa de ficción.

-Nos dijo que lo primero que le sedujo de la actuación fue el cine y sin embargo, no ha sido el área en la que ha desarrollado su carrera. ¿Cree que la pantalla grande le debe un buen papel?
-No, creo que la deuda la tengo yo con el cine. Debería darle más importancia. Por eso quisiera hacer menos televisión, porque siento que si ya no hago más televisión no me importa, no me preocupa en absoluto. Si me llaman está bien, y si no me llaman también, no estoy pendiente de eso. He tenido la suerte de hacer lo que debía hacer en televisión y recoger hoy todo lo que el público me está brindando. Ahora es el momento del cine. Antes de fin de año se estrena La confesión, donde tengo un rol protagónico. Siento que es el mejor papel que me tocó y tengo muchas expectativas puestas ahí…

- Fue una cuestión de prioridades, entonces…
- Sí. Prioricé el sustento económico quizás que te da la televisión y también la popularidad que te da la pantalla chica. Me gusta que la gente me salude, y a veces me pasa también que creo que la gente me está saludando, yo levanto la mano y cuando me doy vuelta está saludando al de atrás. Pasa eso también, ¿eh?

 

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