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Valeria Lorca

"Todos los actores tenemos los mismos miedos”


Por Martín Artigas


Cuenta que los primeros aplausos los recibió a los 8 años, cuando pisó el escenario del Teatro Avenida como bailarina. Por entonces, Valeria Lorca estudiaba danzas clásicas, y la actuación era un juego que sólo disfrutaba puertas adentro, junto a su hermana Cristela.

Pero un día, la actriz le ganó a la bailarina. Y así fue que, siguiendo el consejo de su padre, se decidió a "afinar el instrumento" y anotarse en un curso con Agustín Alezzo, su gran Maestro. "Junto a él, mi concepción de la actuación cambio radicalmente. Un día haciendo Yerma en su estudio, entendí lo que era la magia. Y el día que me propuso ser Lady Ann en Ricardo III con Alfredo Alcón, sentí que mi corazón explotaba y que lo único que quería hacer en esta vida era actuar", asegura.

A esos primeros pasos en teatro, le siguió la posibilidad de trabajar en televisión. Tuvo participaciones en novelas como El día que me quieras, Muñeca brava y Provócame, que le brindaron popularidad y reconocimiento. Y más tarde, fue el cine el que la descubrió y le brindó papeles que ella supo aprovechar muy bien, como el de Beatriz en la reciente El infinito sin estrellas.

- ¿Cómo recordás tu debut teatral?
-Mi debut fue en el off, en el Teatro Babilonia, con Abasto en sangre. Se trataba de un espectáculo de terror, no por lo malo, sino por el género (risas). Recuerdo mucha felicidad , mucha inconsciencia y mucho trabajo. Salíamos a volantear por Corrientes disfrazados de monstruos antes de la función y nos seguían para festejar despedidas de solteros y cumpleaños. Éramos 30 actores que no ganábamos un peso, pero le poníamos una pasión y una entrega que ahí aprendí lo que significa la autogestión.

- ¿Cambió algo entre esas primeras sensaciones y lo que experimentás hoy al subirte a un escenario o pararte frente a una cámara?
- Hay cosas que cambiaron. Ahora en vez de volantear existen los mails, por ejemplo. Pero hay otras como el abismo al que te lanzas cuando salís al escenario, las manos húmedas, el palpitar del corazón, la preocupación por la voz, la piel de gallina, que siguen intactas. En la tele, cada vez juego y me divierto mas; y en el cine cada día reafirmo que la frase "menos es más" es perfecta.

- ¿Tenés actores favoritos o ejemplos a seguir dentro de la profesión?
- Si, muchos. Me gusta Anna Magnani, Gena Rowlands, Norma Aleandro, Kate Winslet, Mercedes Morán, Helena Tritek, Alfredo Alcón, Claudio Tolcachir, y así podría seguir horas.

- ¿Cómo fue trabajar con tu suegra, Norma Aleandro? ¿Había una presión extra por lo que representa como actriz o por la relación familiar que las une?
- Norma me dirigió en Cinco mujeres con el mismo vestido, de Alan Ball. No sentí ninguna presión, porque era algo que deseábamos desde hace mucho tiempo, y experimentamos una gran conexión y placer. Ella tiene una manera de trabajar en la te da mucha libertad para proponer, y al ser una gran actriz, muy rigurosa y súper generosa, yo no tenía más que escucharla y seguirla.

- Estás casada con el actor Oscar Ferrigno ¿Cómo es compartir la vida con un colega?
- Creo que no podría estar con otra persona. Con Oscar tenemos el mismo humor, los mismos ideales. Es una gran fuente inagotable de consejos. Me gusta su punto de vista, en él siempre existe el placer, en todos los sentidos.

- ¿Por qué decidieron embarcarse en la aventura de montar su propio teatro, El Piccolino?

- Porque somos dos idealistas, porque creemos en la autogestión, porque no vamos a esperar que nos convoquen para trabajar. El Piccolino tiene 4 años y en este tiempo han pasado más de 50 espectáculos. Y en este momento nos encontramos ensayando la primera producción propia, escrita y dirigida por mí y protagonizada por Oscar (Ferrigno). Junto a él, estarán tres maravillosas bailarinas orientales (Andrea Marchioni, Guadalupe Place y Paula Mansilla), y se va a estrenar los primeros días de octubre.

- En Muñeca brava te hiciste muy amiga de Natalia Oreiro. ¿Qué cosas te unen a ella?
- A Natalia la conozco desde antes de esa novela. Con los años nos fuimos conociendo y eligiendo. Nuestra relación de amistad se basa en la verdad, la comprensión y el deseo de ver a la otra crecer en lo que más le gusta. Ella siempre está presente en los momentos más importantes de mi vida y yo en los suyos. Por eso ahora está trabajando conmigo en el diseño del vestuario y es la oreja de todos mis temores.

- ¿Sos de llevarte muchos amigos de tus trabajos?

- Creo que la palabra amigo es demasiado grande como para tener uno de cada trabajo. Pero si tengo compañeros entrañables de todas las cosas que hice, famosos y no famosos.

- ¿Hay algún personaje que te haya gustado más interpretar o que te haya dado más satisfacciones en estos años de carrera?
- Creo que Beatriz, el personaje de la película El infinito sin estrellas fue una bisagra en mi carrera. Tuve que meterme en un mundo muy distinto al mío, de mucho dolor y abandono. Era un personaje que nunca se reía, muy oscuro, con una relación muy especial con su hijo. Me resulto muy difícil, aunque también me dio muchas satisfacciones, tuve unas críticas muy buenas, tanto de la prensa como de mis seres queridos. Por ese personaje, precisamente, el director Josse Joffily me convocó para filmar en Rio de Janeiro una coproducción norteamericana-brasilera, Ojos azules.

- ¿Qué podés contarnos de esa película?
- Ojos Azules habla sobre los prejuicios con los latinoamericanos. Está protagonizada por David Rached (el actor de Martillo Hammer), que interpreta al jefe de migraciones del aeropuerto de Nueva York en su último día de trabajo antes de jubilarse, y tiene un elenco estadounidense, brasilero y argentino. Fue filmada en Rio de Janeiro, donde reprodujeron exactamente el aeropuerto de Nueva York. Estuve un mes viviendo allí y te puedo asegurar que son las personas más cálidas y profesionales que conozco. Este filme acaba de ganar el festival de Paulinhia, en San Pablo, como Mejor Película.

- ¿Qué otros proyectos tenés para los próximos meses?
- Estoy esperando, también, el estreno de Cuestión de principios, una película sobre un libro de Fontanarrosa dirigida por Rodrigo Grande y protagonizada por Pablo Echarri, Federico Luppi y Norma Aleandro. Y, a principios del 2010 comenzare a rodar Familia para armar de Edgardo Amer, con Juan Leyrado, Norma Aleandro, Paula Kohan y elenco. Ahí interpreto a una mujer con una leve discapacidad mental que vive con su madre y su hermanastro en la playa, en Pinamar. Es un gran desafío este personaje. Así que no puedo pedir más.

- ¿Existe algún espacio –cine, televisión, teatro– en el que te sientas más cómoda?
- Sin duda donde más cómoda me siento es en el teatro. Ahora estoy disfrutando muchísimo de la dirección teatral, veo con tanta claridad la vulnerabilidad en la que estamos inmersos los actores, somos transparentes y tenemos los mismos miedos. Dirigir un espectáculo es lo más parecido a estar embarazada: lo soñamos, lo cuidamos, lo alimentamos y, finalmente, damos a luz. Al cine todavía lo estoy descubriendo. Y en la tele, tenés que tener la suerte de estar en un proyecto donde se conjugue lo creativo con lo popular. Por suerte, considero que la he tenido.

 

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