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Crítica: "A Mamá"

Una familia desanda, en víspera de nochebuena, una historia de secretos, alianzas y muerte.             



Por Mariano D'Andrea


Los vestidos, el césped, las luces del arbolito. En vísperas de navidad todo brilla, hasta las superficies más ásperas y porosas. Y ellos brillan allí, en esa terraza en la que esperan, como todas las familias del hemisferio, que se hagan las doce, porque en ese momento el brindis, los abrazos, los saludos, los cohetes, los buenos deseos, los llamados se presentan como una catarata de hechos sin sentido que, paradójicamente, tiñen de sentido la espera.

Una pareja y tres hijos jóvenes se miran e intentan comunicar lo que sienten. Las palabras sobran, porque en esta familia lo no dicho cobra un valor casi omnipresente. La madre, a un extremo de la mesa intentará interactuar con su pareja, con su hija mayor y con su único hijo varón, pero la interacción no será fácil. No hay palabras mágicas que puedan apartarlos de su destino.

Y si la madre se muestra voraz, aunque uno advierta que ya no lo quede más para devorar, el hombre de la casa, en cambio,  no se cansará de ofrecer morcilla y chorizos bombón a gente que claramente no quiere comer.  De la misma manera se  hará el gracioso y actuará como si estuviera frente a un público ávido de anécdotas que nada dicen.  Pero nadie se ríe. Nadie quiere escucharlo.

En el centro de la mesa, la mayor de las hermanas, en tanto, se debate entre servir a los demás y levantar los platos, entre entretener a los presentes con su guitarra y atender ese llamado que puede rescatarla de allí. Y allí se queda.  

Los otros dos, Electra y Orestes están pero no están. En el extremo izquierdo de la mesa secretean, se enojan, se acercan y se alejan con desconcertante erotismo.  Y uno adivina que allí, entre ellos, ocurre lo verdaderamente importante: algo se traen estos hermanos que parecen ausentes pero sin embargo concitan la atención de los demás.

Así comienza esta pieza, que se nutre de ciertos pasajes de Las Coéforas, la segunda parte de la trilogía que conforma la Orestíada. Puede sonar ampuloso, pero no. Porque por más que se nutra de un texto clásico de la Antigua Grecia, gracias al oficio y a la creatividad de Guillermo Cacace, la historia revive y encuentra en cierto barrio porteño y en la víspera de Navidad un tiempo y un espacio ideal sin perder, a la vez, su carácter universal.

Con un lenguaje cotidiano y situaciones bien reconocibles, esta familia porteña se desangrará en escena. Desnudará sus bajezas. Expondrá su solidaridad y sus valores. Cuestionará el orden establecido. Se rebelará. Y el espectador, minuto a minuto, sentirá que es parte de la historia, gracias a las excelentes actuaciones de los cinco intérpretes, que literalmente le ponen el cuerpo a una historia difícil y sutilmente violenta.

Si bien el texto es brillante de principio a fin, se celebra especialmente la pericia del autor y director a la hora de establecer, proponer y romper climas. Porque si con algo se juega en esta puesta es con los climas. Y es así que cada silencio, cada mirada que interpela, cada canción que suena  sirve no sólo para generar cierta empatía en el espectador sino también para mostrar de qué manera estos seres tan reconocibles se nutren de ciertos artilugios para seguir existiendo cuando la vida pesa. Casi como todo el mundo.




A MAMÁ (SEGUNDA PARTE DE UNA ORESTÍADA VERNÁCULA)
De Guillermo Cacace

ACTÚAN

Paula Fernández Mbarak, Clarisa Korovsky, Aldo Alessandrini, Iride Mockert, Gabriel Urbani.

FUNCIONES
Viernes a las 21.

LUGAR
Apacheta Sala / Estudio - Pasco 623, C.A.B.A.

ENTRADAS

$60.- Reservas al 4941-5669

 

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