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Enfrentar al tirano

Caín y Abel respeta sus tiempos y da pelea en el prime time con una historia de amor y misterio.



Por Martín Artigas

En Caín y Abel no hay lugar para esos avances que se ocupan de contarnos todo –o, en el mejor de los casos, casi todo- lo que sucederá en el capítulo próximo. No. Tampoco hay intención de complacer al televidente relatándole el principio del "cuentito" a máxima velocidad para, luego, detenerse eternamente en el nudo y transitar una larga agonía que conducirá al final feliz. Tampoco. Y es que Caín y Abel juega al misterio bien entendido, a los diálogos a medio decir, a ganarse la complicidad y la curiosidad del televidente, ese sujeto con el que establece un contrato tácito y siempre a tiempo de ser roto.

Con un planteo que desde la sordidez de ciertos personajes y la pretensión estética recuerda a la ya legendaria Resistiré, la nueva apuesta de Telefe para su prime time peleó fuerte en su primera semana al aire. Y lo hizo con hidalguía, frente a las ficciones de El Trece –Malparida y, a su manera, Showmatch-, respetando sus tiempos y presentando una historia interesante, llena de interrogantes y muy bien actuada.

La trama gira alrededor de dos hermanos, Simón (un arriesgado y, por momentos, caricaturesco Fabián Vena) y Agustín Vedia (Joaquín Furriel, muy cómodo en su papel de héroe). Enfrentados por el amor de una mujer (Vanesa González), el primero sufre un colapso nervioso que "empuja" al segundo a tomar distancia e instalarse en México por un buen tiempo. Pero un día regresa, y lo que parece un rencor del pasado, en realidad, estará al acecho, a flor de piel. Mucho más cuando el amor demuestre ser más fuerte, y Simón apenas pueda soportar sus celos. Y aún mucho más cuando, a partir del asesinato del mayor de los hermanos, Agustín decida ponerse a investigar y se acerque, peligrosamente, a un oscuro negocio familiar del que Simón es parte fundamental.

En el medio, la figura de Eugenio (el manipulador patriarca de la familia, interpretado por Luis Brandoni) y de su mano derecha, Gregorio (Luis Machín), quienes harán todo lo que sea necesario por mantener la apariencia de que lo suyo es producto del lícito éxito inmobiliario exclusivamente. Aún cuando deba morir gente.

Precisamente es a partir de ese "efecto colateral" que entra en juego Leonora (una ajustadísima Julieta Cardinali), la hermana de una de las víctimas de la fatal corporación que, valientemente, decide seguir un par de pistas para resolver el caso. Lo que ella no sabrá, claro, es que esa necesidad de entender podría costarle la vida a ella también.

En los alrededores la trama, Consuelo (Virgina Lago), Beatriz (Mara Bestelli) y Pilar (Mercedes Oviedo) enriquecen las escenas con sus apariciones. Mujeres con problemáticas e historias disímiles, pero igualmente atractivas y efectivamente interpretadas.

En tiempos en los que la televisión parece detenida en los escándalos y la peleas prefabricadas de un show televisivo, Caín y Abel surge como una bocanada de aire fresco, con un relato que atrapa y que, si consigue escaparle a la tiranía del rating, tendrá mucho para dar.

 

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